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Cuando sentirte querido no alcanza para sentirte amado

Daniela Gutierrez
1 ago
10 min de lectura

Hay personas que pasan gran parte de su vida preguntándose por qué, aun sintiéndose queridas, algo dentro de ellas sigue sintiendo que falta.


No siempre tiene que ver con cuánto amor reciben, sino con la dificultad de sentir ese amor como un lugar verdaderamente seguro. Como si, de alguna manera, siempre existiera una distancia difícil de nombrar entre el cariño que llega y la tranquilidad y/o alegría que debería producir.



Hay experiencias que resultan difíciles de explicar porque no tienen un comienzo claro. No suelen aparecer de un día para otro, ni llegan acompañadas de un acontecimiento que permita decir: "Todo empezó aquí."  Más bien se sienten como una presencia silenciosa que ha ido acompañando distintas etapas de la vida, cambiando de escenario, cambiando de personas, pero conservando siempre la misma sensación de fondo.


Es posible que la hayas sentido en una relación de pareja, cuando, a pesar del cariño del otro, una parte de ti sigue preguntándose si realmente ocupas un lugar importante en su vida. Tal vez ha aparecido en algunas amistades, donde, aunque existen momentos de cercanía y afecto, nunca termina de desaparecer la impresión de que eres tú quien quiere un poco más, quien busca un poco más o quien necesita un poco más para sentirse tranquilo. O quizá se manifiesta de una forma todavía más difícil de nombrar: una sensación persistente de que el amor, de alguna manera, nunca termina de sentirse suficiente.


No siempre es una tristeza intensa. A veces es una incomodidad difícil de explicar. Una impresión constante de que, aunque el vínculo existe, algo importante sigue faltando. Como si hubiera una distancia que no siempre puede verse, pero sí sentirse.


Y es entonces cuando pequeños gestos del otro —una respuesta breve, una conversación apresurada, cierta frialdad o momentos en los que parece emocionalmente distante— pueden empezar a sentirse como la confirmación de aquello que, desde hace mucho tiempo, ya parecía faltar. Lo más frecuente es que no se diga nada. La persona continúa con la relación, intenta comprender al otro, minimiza lo que siente o se convence de que quizá está esperando demasiado. Pero, por dentro, la sensación de vacío permanece.


Casi sin darte cuenta, empieza a instalarse una explicación que, aunque parece lógica, suele ser profundamente injusta contigo.


"A lo mejor soy demasiado sensible".


"Tal vez espero más de lo que debería".


"Seguramente necesito demasiado de las personas".


Poco a poco, el vacío deja de señalar al vínculo y empieza a señalar a la propia persona. Ya no parece que falte algo en la relación. Empieza a sentirse que es uno quien espera demasiado, quien necesita demasiado o quien simplemente no sabe conformarse con el amor que recibe.


Es fácil llegar a esas conclusiones. Sin embargo, después de escuchar durante muchos años historias muy parecidas, empecé a comprender que esa explicación no alcanzaba. Con el tiempo comprendí que el problema rara vez estaba en el amor que esas personas recibían. Lo que faltaba era otra cosa.


El problema nunca fue cuánto te quisieron


Durante años escuché a muchas personas intentar explicar este vacío. Poco a poco comprendí que la mayoría no estaba hablando de falta de amor. Estaban intentando ponerle nombre a algo mucho más difícil de describir. Porque existe una diferencia enorme entre saber que alguien nos quiere y sentirnos profundamente seguros dentro de ese cariño. Esa diferencia tampoco aparece de un momento a otro. Empieza a construirse muy temprano, en las primeras relaciones de cuidado que tenemos durante la infancia, y sus efectos suelen acompañarnos mucho más allá de esos primeros años. Es allí donde aprendemos, muchas veces sin palabras, qué significa sentirnos protegidos, comprendidos y emocionalmente acompañados.


Por eso, cuando intentamos comprender por qué hoy seguimos sintiendo ese vacío, muchas veces es necesario volver la mirada hacia esas primeras experiencias de cuidado. No para buscar culpables, sino para entender cómo empezó a construirse la manera en que vivimos el amor y la seguridad en nuestros vínculos. Esas primeras relaciones de cuidado no siempre estuvieron a cargo de los padres biológicos. Cada historia es distinta. Algunas personas crecieron con sus padres; otras fueron cuidadas por abuelos, tíos, hermanos mayores, padres adoptivos o cualquier otra persona que asumió ese lugar de cuidado. Más allá de quién lo haya ocupado, todos los niños necesitan que alguien responda no solo a sus necesidades físicas, sino también a su mundo emocional.


Y aquí aparece una diferencia que suele pasar desapercibida. Una cosa es que quienes nos cuidaron nos quisieran profundamente. Otra muy distinta es que ese amor pudiera convertirse, para nosotros, en una experiencia de seguridad emocional. Por eso, no siempre hablamos de personas que crecieron sin afecto. De hecho, muchas recuerdan con enorme gratitud a quienes las cuidaron. Hablan del esfuerzo que hicieron por sacar adelante a la familia, de los sacrificios para ofrecer oportunidades y del amor que, dentro de sus posibilidades, intentaron expresar.


Y, aun así, cuando intentan comprender por qué hoy siguen sintiendo ese vacío, las respuestas no aparecen. Porque la explicación no está en cuánto amor hubo, sino en cómo fue vivido ese amor. En qué tan posible fue convertirlo en una experiencia de seguridad.


Los niños no solo necesitan afecto. Necesitan sentirse vistos. Necesitan descubrir que aquello que sienten importa para alguien, que sus emociones no son demasiado grandes, demasiado incómodas o exageradas para quienes los cuidan. Necesitan aprender que pueden acudir a alguien cuando aparece el miedo, llorar sin sentir que molestan, equivocarse sin dejar de ser valiosos y no enfrentar solos aquello que todavía no saben comprender.


No porque las personas que los cuidan deban ser perfectas. Ningún cuidador lo es. Sino porque son esas experiencias, repetidas una y otra vez, las que poco a poco construyen una sensación interna de seguridad. No la seguridad de que la vida nunca dolerá, sino la tranquilidad de saber que, cuando algo duele, no tienen que atravesarlo completamente solos.

Una pausa antes de seguir


Si mientras lees esto, descubres que algunas de estas experiencias hicieron falta en tu historia, me gustaría que recordaras algo. No había nada exagerado en lo que necesitabas. Todo niño necesita sentirse visto, comprendido y acompañado. Si algo de eso faltó, el vacío que quedó tiene sentido.


Es posible que, mientras lees estas líneas, ya estés pensando en las personas que ocuparon ese lugar en tu propia historia. Y antes de continuar, hay algunas precisiones que me gustaría compartir contigo.


Reconocer lo que faltó no significa dejar de agradecer


Hay una frase que escucho una y otra vez en consulta: "Siento que soy desagradecido por pensar esto." Cada vez que alguien la pronuncia, tengo la sensación de que ha cargado durante demasiado tiempo con un dilema que nunca debió existir. Como si solo hubiera dos posibilidades: reconocer todo lo bueno que recibió o hablar de aquello que le hizo falta. Pero la experiencia humana rara vez funciona de una manera tan simple.


Puedes sentir un profundo agradecimiento por quienes ocuparon ese lugar de cuidado en tu vida. Reconocer el amor que intentaron ofrecerte, el esfuerzo que hicieron, los recursos que pusieron a tu disposición y todo aquello que sí pudieron darte. Al mismo tiempo, reconocer que hubo necesidades emocionales importantes que no encontraron la manera de ser atendidas.


Una verdad no cancela la otra. Reconocer aquello que faltó no convierte a quienes te cuidaron en malas personas. Tampoco borra el amor, el esfuerzo o los sacrificios que hicieron por ti. Lo que hace es permitirte mirar tu historia con suficiente honestidad para comprender por qué todavía hay partes de ti que siguen esperando algo que nunca terminaron de recibir.


Cuando dejamos de pelearnos con esa realidad, ocurre algo importante. El dolor deja de sentirse como una acusación contra quienes amamos y empieza a convertirse en una explicación profundamente compasiva sobre nosotros mismos. Comprendemos que nunca hubo nada exagerado en nuestras necesidades emocionales. Simplemente fueron necesidades que, por distintas razones, no siempre encontraron un lugar donde descansar.


Tal vez esa sea una de las formas más profundas de reconciliarnos con nuestra historia: descubrir que la gratitud no exige olvidar el dolor y que el dolor tampoco borra el amor que recibimos. Ambos pueden convivir en la misma historia.


Pero comprender nuestra historia no solo cambia la manera en que miramos el pasado. También nos ayuda a entender por qué, muchas veces sin darnos cuenta, empezamos a relacionarnos con los demás de determinadas maneras.


Cuando la necesidad empieza a moldear nuestra manera de relacionarnos


Con el paso de los años solemos creer que elegimos nuestros vínculos únicamente por afinidad, por atracción o por casualidad. Sin embargo, nuestras primeras experiencias también van moldeando aquello que nos resulta familiar, lo que interpretamos como normal y la manera en que aprendemos a buscar cercanía, afecto y seguridad.


Por eso, no siempre se trata de una cuestión de suerte. No es simplemente que "nos toquen" personas emocionalmente distantes o relaciones donde seguimos sintiendo que algo falta. En ocasiones, una parte de nosotros continúa buscando, casi de manera automática, aquello que ya conoce. Incluso cuando ese lugar vuelve a despertar el mismo vacío de siempre. No porque el sufrimiento resulte atractivo, sino porque aquello que nos es familiar suele sentirse más seguro que aquello que todavía no conocemos.


Sin embargo, esa no es la única manera en que una necesidad emocional puede empezar a moldear nuestros vínculos. Cada persona encuentra formas distintas de adaptarse a aquello que un día le hizo falta. Algunas permanecen durante años buscando en los demás aquello que sienten que les falta. Otras aprenden a pedir cada vez menos, convencidas de que así sufrirán menos. Algunas llegan incluso a refugiarse en una aparente autosuficiencia, como si demostrar que no necesitan a nadie pudiera protegerlas del dolor de volver a sentirse desatendidas. Y otras, cuando por fin encuentran relaciones diferentes, sienten un impulso difícil de explicar por tomar distancia, como si una parte de ellas no terminara de creer que esa cercanía también pudiera ser un lugar seguro. Poco a poco pueden empezar a sentirse desconectadas de vínculos que, en realidad, sí tenían la posibilidad de ofrecer algo diferente.


Lo más difícil es que, con el paso de los años, dejamos de preguntarnos de dónde vienen esas formas de relacionarnos. Simplemente aprendemos a convivir con ellas. Algunas personas terminan creyendo que siempre serán demasiado necesitadas. Otras, que son excesivamente independientes. O que inevitablemente persiguen a quienes no están disponibles o se alejan cuando alguien empieza a acercarse demasiado. No alcanzamos a ver que, detrás de muchas de esas decisiones, sigue existiendo una necesidad emocional que durante mucho tiempo aprendió a protegerse con los recursos que tenía disponibles. Lo que hoy parece una forma de ser, muchas veces fue, en realidad, una forma de sobrevivir.


Y quizá esa sea una de las comprensiones más importantes de todo este proceso. Descubrir que muchas de las formas en que hoy nos relacionamos no nacieron porque esa fuera nuestra esencia, sino porque, en algún momento de nuestra historia, fueron la mejor manera que encontramos de proteger una necesidad emocional que seguía esperando ser atendida.


Las necesidades emocionales no tienen fecha de vencimiento


Descubrir que una necesidad emocional importante no fue suficientemente atendida durante la infancia puede despertar tristeza, rabia o incluso la sensación de que ya es demasiado tarde. Y si eso está ocurriendo mientras lees este artículo, me gustaría invitarte a detenerte un momento.


Es natural que aparezca dolor cuando empezamos a comprender aquello que durante tantos años no habíamos podido nombrar. A veces duele reconocer lo que faltó. Duele imaginar cómo habría sido crecer sintiéndonos más comprendidos, más acompañados o más seguros. Incluso puede aparecer la sensación de estar llorando algo que nunca llegó a existir. Si algo de eso está pasando dentro de ti, tiene sentido. No porque estés quedándote atrapado en el pasado, sino porque estás mirando tu historia con una claridad que quizá antes no habías tenido. Y esa comprensión, aunque duela, también puede convertirse en el comienzo de algo diferente.


Porque no, no es demasiado tarde. Aunque no podamos cambiar nuestra historia, sí podemos cambiar la manera en que nos relacionamos con ella. Durante mucho tiempo quizá intentaste llenar ese vacío de distintas maneras. Aprendiste a pedir menos, a conformarte con poco, a entender siempre al otro antes que a ti mismo o incluso a convencerte de que no necesitabas demasiado de nadie. Eran intentos de protegerte. Intentos de seguir adelante con los recursos que tenías en ese momento. Pero sanar no consiste en seguir adaptándonos.


Aquí aparece una de las transformaciones más importantes de todo este proceso. El objetivo no es aprender a resignarse, a conformarse con menos o a convencerse de que uno debería necesitar menos de los demás. Tampoco consiste en esperar que las personas adivinen aquello que nunca expresamos.


El verdadero cambio empieza cuando dejamos de avergonzarnos de nuestras necesidades emocionales. Cuando aprendemos a reconocerlas, a comunicarlas de una manera clara y respetuosa y, al mismo tiempo, a observar si los vínculos que elegimos tienen la capacidad y la disposición para responder a ellas. Porque una relación emocionalmente segura no se construye dejando de necesitar. Se construye cuando nuestras necesidades pueden existir sin culpa, ser expresadas sin miedo y encontrar, al otro lado, una respuesta suficientemente disponible.


Ese proceso no ocurre de un día para otro. Tampoco depende únicamente de encontrar a la persona "correcta". También implica construir una relación diferente con nosotros mismos: aprender a escuchar aquello que durante mucho tiempo intentamos callar y responder de una manera distinta a lo que sentimos. Porque sanar no consiste en dejar de necesitar. Consiste en dejar de creer que necesitar está mal.


Quizá esa sea una de las experiencias más reparadoras que podemos vivir: descubrir que nuestras necesidades nunca fueron el problema. Lo que dolió fue haber tenido que esconderlas, justificarlas o aprender a vivir como si no existieran. Porque, aunque nadie pueda volver atrás para ofrecerle a ese niño todo lo que necesitó, sí es posible que el adulto que hoy eres empiece a construir experiencias emocionales diferentes. No para borrar el pasado, sino para que ese pasado deje de ser quien siga escribiendo, por sí solo, el resto de tu historia.


 

Cuando ponerle un nombre también ayuda


Si al leer este artículo sentiste que muchas de estas experiencias describían algo importante de tu vida, es posible que una parte de esta historia esté relacionada con lo que en Terapia de Esquemas conocemos como el esquema de privación emocional.


Ese nombre no pretende etiquetarte ni explicar, por sí solo, la complejidad de quién eres. Ninguna persona puede resumirse en un único esquema. Cada historia está formada por múltiples experiencias, necesidades emocionales, recursos, fortalezas y formas de adaptación que se entrelazan de una manera única.


Más que una etiqueta, los esquemas son como un mapa. Un mapa que nos ayuda a comprender por qué determinadas situaciones despiertan emociones tan intensas, por qué algunos vínculos se sienten familiares aunque resulten dolorosos o por qué, durante tanto tiempo, llegamos a creer que nuestras propias necesidades eran demasiado. Y, como ocurre con cualquier mapa, una sola pieza nunca muestra el territorio completo. En terapia solemos descubrir que este es solo uno de los patrones que han ido organizando nuestra manera de interpretar el mundo. Junto a él pueden aparecer otras "trampas de vida", otras necesidades emocionales que quedaron insatisfechas y otras formas de protección que, aunque alguna vez fueron necesarias para sobrevivir, hoy pueden estar limitando la posibilidad de vivir con mayor tranquilidad y plenitud.


Comprenderlas no tiene como objetivo encontrar más etiquetas, sino comprenderte mejor. Porque cuanto más entendemos la lógica de nuestra propia historia, más posibilidades tenemos de dejar de reaccionar automáticamente y empezar a elegir de una manera más libre y consciente.


Si sientes que este artículo abrió preguntas sobre tu propia historia, quizá este sea un buen momento para seguir armando ese rompecabezas. No para descubrir qué está mal contigo, sino para comprender qué necesidades emocionales quedaron sin respuesta, qué otras trampas de vida han ido organizando tu manera de interpretar el mundo y cómo, poco a poco, puedes empezar a construir experiencias diferentes.


Porque comprender tu historia no cambia el pasado. Pero puede cambiar profundamente la manera en que continúas escribiendo el resto de ella.


Daniela Gutiérrez

Psicóloga Clínica

Especialista en Terapia de Esquemas

 
 
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